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El Ateneo

Colección del Ateneo: Los lienzos de la Academia

Séneca,obra de Ricardo Villodas de la Torre (Madrid, 1846 – Soria, 1904)

La representación del filósofo Séneca (Lucius Annaeus Seneca, 4 a.C.-65) forma parte de un conjunto de lienzos que posee el Ateneo de Madrid y que se encuentran a lo largo de la sala de La Cacharrería. Este grupo pictórico –formado por diecinueve obras– recibe el nombre de Lienzos de la Academia, pues fueron ejecutados por diferentes artistas becados en la Academia de España en Roma entre 1885 y 1890. Todos ellos presentan unas dimensiones y unas características formales muy similares entre sí.

Posiblemente los lienzos tuvieron las directrices que Vicente Palmaroli (1834-1896) marcó a los autores. 

Palmaroli ocupaba en esos años la dirección de la Academia de España en Roma y su obra Alegoría se encontraba en pleno proceso de creación, convirtiéndose en pauta para el resto de lienzos. Todas estas telas tenían como finalidad la decoración de las salas del nuevo edificio del Ateneo de Madrid, recientemente inaugurado y en el que otros importantes artistas participaban por aquellos años en completar su decoración.

La pieza

Formando parte del conjunto llamado Lienzos de la Academia, la representación que Ricardo Villodas realiza del filósofo Séneca se acoge a las formalidades que presentan el resto de obras que completan este conjunto de pintura del siglo XIX. Una serie de características comunes agrupan las obras: fondos neutros en tonos dorados, personajes masculinos o representación a cuerpo entero de los mismos, son esas fórmulas repetidas. A esto hay que añadir que todos los personajes plasmados son hombres de transcendencia histórica y nacidos en España. La imagen de Séneca posee una factura impecable en todos los sentidos. Es excepcional la pincelada que Villodas emplea: suelta, dinámica y de largo recorrido en la superficie del lienzo; las gamas de colores perfectamente unificadas entre sí por veladuras que aúnan la superficie brindando robustez al conjunto. Sin embargo es el propio Séneca quien se encarga de llenar el espacio del lienzo con su presencia: sentado, desplomando su cansado cuerpo y con la ausencia de la escena marcada en su mirada. Togado el cuerpo, con escritos a sus pies y en su mano que, junto a la corona de laurel, el artista instituye como símbolos parlantes del personaje. El fondo neutro, dorado y luminoso, acentuando más el recorte de la figura sobre el soporte pictórico.

Los bocetos que previamente realizó el pintor madrileño para representar a Séneca poseen unas características en común: la representación del filósofo con un rostro muy deudor del retrato. Es decir: hay un personaje real detrás. La afilada y curvada nariz, los altos pómulos y el enjuto cuerpo se alejan bastante de los ideales impuestos por las decimonónicas Academias.

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