Pieza del mes enero 2010

  • La pieza
  • Biografía
  • El cuadro
  • Biografía del artista
  • Ficha técnica
    • "Mascarilla funeraria de Azorín", por Gabino Amaya Guerrero

      INTRODUCCIÓN

      Mascarilla funeraria de Azorín

      Única pieza de estas características que conserva el Ateneo de Madrid, la mascarilla funeraria de Azorín debió de ser la última en añadirse a una colección que la institución atesoró durante años. Según algunas fuentes, de principios del siglo XX, esta colección ascendió a algo más de treinta ejemplares que venían realizándose en materiales tan variados como el yeso, el bronce o la cera y que dejaban constancia de los rostros de aquellos socios ilustres que habían pasado por las dependencias de la casa.

      Tradición singular para el hombre contemporáneo y habitual en el mundo antiguo, la realización de mascarillas funerarias formó parte del culto a los antepasados que las familias romanas rendían ante éstas. Heredado del antiguo Egipto, los primeros ejemplos los encontrarnos a finales del Imperio Antiguo, bajo la IV Dinastía, cumpliendo así con los requisitos marcados en el capítulo 151 del Libro de los Muertos, donde se narra la importancia de dar permanencia al rostro del fallecido. Sin embargo no debemos olvidar que esta tradición o ritual se repite también en el continente americano en las culturas Precolombinas, donde las máscaras realizadas en oro batido con diferentes incrustaciones pétreas van a ser protagonistas de los ajuares funerarios. En todas ellas está implícita la idea de mantener vivo el recuerdo del fallecido.

      Si en las mascarillas antiguas el rostro del difunto podía resultar una interpretación basada en las formalidades artísticas imperantes en el momento, más adelante se optó por una veracidad de rasgos que anteponían el realismo a cualquier otro modo de hacer. Precisamente ya bajo el Imperio Romano se procedía a sacar negativos de la faz en yeso para más tarde positivarlos en cera, cuyo tono se asemejaba al de la piel. Esta opción vino dada por la mímesis de la realidad que el periodo clasicista impuso en el arte. La técnica se siguió repitiendo a lo largo de los siglos y prácticamente hasta nuestros días, conservando muchos ejemplos que nos ponen en contacto con el mundo de Tánatos. La fragilidad de la cera, y su mala conservación, hicieron que en muchas ocasiones este material se trasladara al bronce, siguiendo el sistema de la fundición denominada «a la cera perdida» técnica que seguimos empleando hoy en día cuando trabajamos con este material.

      LA OBRA

      Realizada en bronce patinado, la obra reproduce el rostro del escritor Azorín una vez fallecido. Los rasgos post mórten quedan muy patentes al tratarse de un vaciado realizado directamente sobre la faz del fallecido, ejecutando un vaciado, o negativo, que posteriormente fue pasado a cera y ésta a bronce por medio de una fundición tradicional a la cera perdida. No obstante la mano del artista se hace notar a la hora de suavizar determinados rasgos que debía presentar el cadáver y la intervención sufrida en el amortajamiento, así como la unión de las tres piezas de molde italiano que fueron necesarias para ejecutar el vaciado, dos laterales –correspondientes a cada uno de los perfiles– y una trasera en base a la nuca.

      La importancia de esta obra para el Ateneo de Madrid reside en ser la única pieza de estas características que a día de hoy se conserva en la institución sabiendo que, antiguamente, el Ateneo atesoró una colección de mascarillas funerarias pertenecientes a ilustres personajes históricos y relevantes socios de la casa. Es la única que ha llegado hasta nosotros. No obstante, también su valor documental es fundamental, al mostrarnos una imagen real del escritor fallecido, siendo una obra no realista, sino verídica.

      La obra se custodió en los depósitos del Ateneo y presenta un enganche, en el arranque del cuello, para sostenerla sobre una base, si bien ésta no se conserva o no llegó a instalarse nunca para su exhibición. Es justamente en el cuello donde se nos presenta la marca de fundición, correspondiente a Mir y Ferrero, fundidores de Madrid.

      Obra atribuida a Gabino Amaya Guerrero

      (Puebla de Sancho Pérez, Badajoz, 1896 – Puebla de Sancho Pérez, Badajoz, 1979). Tras cursar estudios de escultura en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando y bajo la dirección del también escultor Coullaut Valera, se especializó en escultura de rasgo monumental. Su obra se moverá dentro de los parámetros marcados por el realismo –siguiendo la estela de Benlliure– donde su capacidad para ejecutar un buen retrato quedará patente en los innumerables bustos que realizó a lo largo de su carrera. También realizaría mausoleos como el de José Villegas o el de Isidoro de Temes, ambos en Sevilla. No obstante también trabajó esculturas de pequeño formato, donde se decanta por representar la tradición o los temas populares. Una de sus más famosas series, en pequeño formato, es Res de lidia, donde plasma el mundo de la tauromaquia.

      A lo largo de su trayectoria realizó numerosas exposiciones colectivas e individuales, además de concurrir a diferentes certámenes y concursos artísticos como las Nacionales de Bellas Artes donde obtuvo una Tercera Medalla en 1943 o en la Bienal Hispanoamericana de 1951.

      Su vinculación con el Ateneo de Madrid viene dada como socio del mismo, con el número 10.740.

      Autor: atribuido a Gabino Amaya Guerrero (Puebla de Sancho Pérez, Badajoz, 1896 – Puebla de Sancho Pérez, Badajoz, 1979).

      Cronología: 1967.

      Técnica: bronce patinado.

      Medidas: 32 x 16 x 19 centímetros.

      Firmas o inscripciones: no.

      Contexto cultural o estilo: escultura española del siglo XX.

      Exposiciones: no.

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